La Jaula de Diana

Por Ernesto Carrión

El oficio de escribir cuentos, algo parecido a mentir, a redactar documentos donde la ficción debe mezclarse con la vida, alcanza en el caso de Diana, una cualidad cinematográfica que no deja de mostrar una realidad subversiva, realidad subversiva que le otorga buena salud a su pensamiento salvaje.

Diana es una narradora y directora de cortos, poeta bajo cualquier sospecha, que consigue líneas de este tremendo calibre: 

“Para mí es más importante lo que tenemos debajo de la risa. Me he preguntado toda la vida por qué la cara es lo que mostramos, si es lo primero que nos delata. Creo que sería mucho mejor i por la vida enseñando una teta o que se nos reconozca por la forma del ombligo, la textura de nuestras manos o por las pecas que pueden llegar a ser mucho más sensuales que los labios o el trasero.

Siempre tuve la afición de observar ventanas. Tienen la misma función que las tapas de alcantarillas: ocultan la catástrofe que vive dentro. Son los respiraderos de los amantes monótonos, los portales de vida para los suicidas.”

Quien escribe un cuento, como quien lo cuenta, como aquel que sólo está escuchándolo, sabe que todo aquello que está forjándose allí (fechas, sitios, personajes, etc.) deben de ser mentira, o al menos una visión parcializada y ficcionada de algún evento; sin embargo, a veces la posibilidad de que algún fragmento de todo aquel cuento pueda ser verdad, estimula a quien lo escribe como a quien lo lee. A veces, simplemente, la necesidad de irse de este sitio es lo que nos motiva a leer un cuento o a escribirlo, o a escucharlo atentamente. ¿Y qué hay de quienes sostienen que escriben sobre sus vidas? Bueno, pues para eso hay diarios, noticias y autobiografías.

En el caso de Diana, sus cuentos se originan del mismo sitio del que se originan los versos mejores: la inconformidad, la angustia, la desidia, el coraje, la impunidad, la resistencia. La pura resistencia.

Un cuento, quizás, me animo a encasillar, está siendo escrito por un espectador de la realidad. Alguien que en este momento está ubicado en un punto neutro y apunta hacia la vida y decide encajarle una historia que la ridiculice. ¿Puede ser esto? Vargas Llosa habló alguna vez de que la diferencia entre un poeta y un narrador es básicamente esa: el poeta se involucra con la historia, el narrador no. El narrador la observa, luego la pone por escrito, incluye otros matices.

Juan Villoro, en sus cuentos, cuentos que disfruto mucho, ridiculiza en algunas historias a un yo intelectual, a un escritor en ascenso, o a un poeta frustrado, que puede o no ser él mismo, como sucede en “Corrección” y  “Yo soy Fontanarrosa”. Onetti, en cambio, es un manojo de intencionalidades que residen en la condición humana y la desnudez de su fragilidad en situaciones cotidianas, vitales, llenas de pasiones ordinarias. Sus cuentos se escriben o fueron escritos cerebralmente hacia la posibilidad de forjar una conciencia. Cuando pensamos en un cuento, pensamos siempre en algo estructurado, creado, edificado para llevarnos a un sitio inventado, lleno de situaciones inventadas, y donde puedan ocurrir la risa o el espanto. Nadie cree que Borges está en Borges. Lo que vemos allí es un cerebro enorme blandiendo sus membranas por una biblioteca infinita.

Los cuentos de Diana Varas, en cambio, sí devienen de su inconformidad, desnudan sus disgustos, así como sus perversiones que dejan de ser perversiones ya que son aquí ubicadas como la forma compleja en que su sujeto narrativo asume lo real. Para ella “ lo real”  se encuentra limitado o en contraposición con lo establecido como norma. Esto la obliga entonces a asumir una postura política, claro: incorrectamente política.

Como sucede en estos párrafos de su cuento “Mi lienzo es el agua”, uno de los más poéticos porque la situación de ese sujeto, que necesita introducir a personas en su ducha para palparlos y palparse a sí mismo, es completamente poética y deliciosamente incorrecta. Cito:

“A mis 5 años la hora de bañarse no era la hora de bañarse, sino de compartir. Mi madre, mi hermana y yo entrábamos en la ducha para hablar de nuestro día, desnudas. Era el momento más esperado cuando acababa la tarde. Ninguna empezaba sin que estemos completas.

No sé en qué momento surgió esta necesidad. De repente, me vi obligada a tener otras búsquedas. Cuando cumplí los 23 años a mi madre le dio vergüenza repentina y mi hermana empezó a bañarse en las mañanas. Extraño ver sus cuerpos desnudos. Yo era una extensión de mi madre y ella era un adelanto de mi cuerpo futuro. Mi hermana era una paradoja.”

La voz de Diana es contemporánea y por momentos localista, es de una sensualidad gótica, dislocada, y amputada como un cuadro hermoso de Frida donde tarde o temprano todo acaba desplumado.

Sus personajes son amputaciones de un Yo que en exigencia se aparta de lo formal y establecido: Una niña buscando a la muerte, Una bañista que colecciona cuerpos para meter en su ducha, la copycat de una asesina en serie de gallinas, una prostituta, la nocturna pasajera del Bus de placas GAY3322.

Lo narrado, como en su cuento “la Jaula de los esperpentos” supone sobre una piel primera, la paradoja de su propio yo. Diana es erótica consigo mismo, pero no se trata de un erotismo simplón, se trata de un erotismo gemelar y violento donde por momentos parecería que lo que busca la voz narrativa es dar consigo mismo, comulgar en paz con sus perversiones (que para ella no lo son: he ahí su subversiva fuente de escritura), cerrar el círculo del amor a uno mismo.

“La jaula de los esperpentos” es quizás el cuento que, en su brevedad, encierra toda la propuesta de Diana que de por sí tiene un fondo ilegal que cautiva. Todo escritor debe tener un fondo ilegal. En este cuento observamos como una supuesta asesina de gallinas y su copycat terminan anudadas en un lazo de amor y de sangre infinitos.

Mi cuerpo ya no me limita, dice finalmente el personaje, luego de este acto de asesinato y amor con uno mismo.

Diana es todas y ninguna, y digo que es poeta bajo cualquier sospecha, porque a pesar de que sé que ésto que estoy leyendo son cuentos, inventos, pseudo-ficciones, me ha resultado imposible no sentir el impacto de sus denuncias vitales y corporales, de sus ausencias y amputaciones, así como de esa búsqueda de sosiego que solamente registran los versos mas angustiados, y que en sus cuentos hallan párrafos instalados en los márgenes más lúcidos e irreverentes que haya leído en los últimos años.

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Diana no duerme. Yo sobreviví a un aneurisma cerebral

Diana no duerme. Yo sobreviví a un aneurisma cerebral

Twitter: @dianavaras
dianavaras@gmail.com

Los sobrevivientes a las tragedias nos volvemos de ficción. Pasamos a ser una posibilidad en el imaginario de los que nos recuerdan mientras estamos en esa línea invisible entre la vida y la muerte. Reconstruir se ha vuelto una constante desde el día en que desperté.

Dicen que todo el día 26 de febrero estuve con dolor terrible de cabeza. Yo no lo recuerdo. Siempre he sido muy sana. A duras penas me enfermaba de gripe una vez al año. Nunca había sentido una molestia tan intensa. Eso tampoco lo recuerdo, pero fue la descripción que le di a mi madre. Para calmarlo, en la noche, me dio una Mesulid que no resultó. Ella estaba viendo la entrega de los Óscar en la TV. Yo me fui a mi cuarto a dormir.

Lo poco que he logrado reconstruir de esa madrugada del 27 de febrero de 2012 es que logré salir de mi cuarto, caminé y caí desplomada, convulsionando. Mi cabeza se golpeó contra la punta del velador en la habitación de mi madre. Eso descubrí cuando me encontré un tremendo chichón cuando desperté, parecía el personaje del cuento La doble y única mujer de Pablo Palacio, pero eso es adelantarme a los hechos. Era la 1:33 de la madrugada. Empezó la cuenta regresiva.

27 de febrero 2:30am. Omni Hospital.
Diagnóstico:
“Infarto occipital izquierdo que afecta el cúneo, el lóbulo lingual, el área estirada (calcarina) y que incluso rebasa el borde del surco parieto occipital afectando parte del precúneo. Se aprecia además el infarto temporal y un pequeño infarto talámico, como consecuencia de las ramas arteriales comprometidas en este infarto. Su ojo derecho, parcialmente cerrado con leve lefaroespasmo”. Lo que ellos no sabían es que yo tengo un ojo gacho bien sexy.

Diagnóstico final después de tanto lenguaje chino: aneurisma grande en la arteria cerebral posterior izquierda. Una de las venas del cerebro se reventó y seguía derramando sangre. Estuve así por 13 horas.

El doctor Luis Jairala Zunino, neurocirujano – intervencionista, me embolizó a las 3 de la tarde. Él y su equipo demoraron en empezar la intervención ya que esperaban una de las herramientas (coils) que me iban a ubicar en el cerebro para tapar la vena que explotó. Salí a las 7 de la noche. Un éxito, según el experto.

La operación consiste en introducir un catéter por la ingle. Por una de las arterias, llegar al cerebro, taponar la vena rota con el famoso coils que no llegaba. Suena sencillo, pero no.

En terapia intensiva vinieron las complicaciones: tenía principios de hidrocefalia, el cerebro estaba lleno de sangre y los pulmones llenos de vómito. Después de dos días, de manera milagrosa, fui poco a poco reabsorbiendo la sustancia de los pulmones y parte de la sangre de la cabeza.

Si no lo hacía, tenían que abrirme el cráneo, sacarme un hueso y dejar reposar. Si mis pulmones no mejoraban tenían que abrir un hueco y con una manguera, sacar el liquido que había dentro. ¡Y lo logré por mí misma!

Cada día era un diagnóstico diferente. Cuando has tenido algún problema en el cerebro, la recuperación es igual de demorona a un cassette que retrocedes. A ver si das con la canción que buscas. Es cuestión de suerte atinar… y cuestión de tiempo.

¿Qué sucede con tu cotidianidad mientras duermes por una semana, sin despertar? ¿Con tus obligaciones diarias? ¿Con el orden lógico de despertar y dormir todos los días? Sin duda, uno despierta con tremendo dolor de espalda.

Ya llevaba cuatro días en coma inducido. Jairala dijo que era hora de despertarme. Dio el aviso para que no me sigan sedando. Al quinto día, él decidió que era hora de cerrarme el oxígeno y corroborar si yo podía respirar por mi propia cuenta. Para eso, llamó a mi mamá y a mi hermana Vivi.

Dio el aviso. Las dos entraron a terapia intensiva. El doctor hizo la prueba de cerrar poco a poco el oxígeno para ver si yo respiraba. Dice mi madre que fueron los segundos más largos de su vida. Hasta que por fin, logré hacerlo por mi propia cuenta. 20% máquina 80% yo. Ese mismo día, por la tarde, me quitaron el respirador por completo. ¡Logré hacerlo sola!

Al día siguiente ya estaba dando bala. Desperté alterada. Les decía a las enfermeras que me tenían secuestrada. Saqué la mala seña a la que me limpiaba la nalga. El médico internista, preocupado, le dijo a mi madre y a mi hermana que me había despertado alterada. Las dos pegaron un grito al cielo de la felicidad. ¡Había vuelto!

Noboa, un neurólogo que yo llamaba Dalí, por sus bigotes, iba a visitarme y a hacerme preguntas. – ¿En qué mes estamos?. Yo, extendí la mano y dije – Mucho gusto, acabas de conocer a alguien que no sabe en qué mes vive.

“Lo que cuesta ser sensual.” “Soy un ángel terrible.” Esas son las frases célebres que dije antes de que me pasaran al cuarto.

Jairala, apenas se enteró de eso, decidió sacarme de terapia intensiva y dio la orden de que me pasen a una habitación. Me levanté pensando que tenía 25 años y que me había dado un ataque al corazón. Después de 15 días en la clínica, por fin, me dieron de alta. ¡Ya era hora de ir a casa!

No recuerdo nada de la clínica, ni el primer mes que estuve en casa. Todo lo he reconstruido por lo que me cuenta mi madre, hermana, familia y amigos. No recuerdo quiénes me fueron a visitar los primeros días, ni las cosas que conversé con ellos. Algunos me dicen que repetía mucho preguntas y conversaciones. Una persona muy querida me enviaba fotos de Dory, la pescadita que se olvida de las cosas en la película Finding Nemo. Yo me emocionaba cada vez que veía la foto como si hubiera sido la primera vez que la observaba. Y le decía lo mismo siempre: “¡igualita a mí!”.

¿Qué día es hoy? ¿En qué mes estamos? ¿Qué hora es? Fueron preguntas repetitivas. Empecé a reconstruir sobre una línea de tiempo entrecortada y caótica. Recordar a ciegas y armar rompecabezas se volvió una constante. La memoria es un nudo que puede deshacerse fácilmente. La fragilidad me apretaba la nuca. No quiero olvidarme nunca de que soy una sobreviviente, marcada por la inusualidad.

Me convertí en pirata. Parte de la terapia para la visión era intercalar un parche en cada ojo, dos horas en cada uno. Era cuestión de tiempo dejar de ver triple. Mi cerebro poco a poco se estaba desinflamando.

Unos amigos me fueron a visitar a casa. Todos éramos unos personajes, yo estaba con el gorro de fiesta y con el parche de pirata que me acompañó por algunos meses. No tuve que disfrazarme. Era la versión criolla de la película Freaks. Un gran amigo, subversivo, comunista, gruñón, verraco, hablaba sobre Marxismo y revolución con nariz de payaso y gorro de colores. Sus brazos sirvieron de agarradera para que yo pueda reventar la piñata -que para rematar- era de Dora la Exploradora.

La visión puede herirse. Esa es la conclusión de todo este suceso. Las heridas que no se ven son las más dolorosas. Así como las que aparecen en las hendiduras o en las extremidades que flexionamos. Demoran en sanarse, para moverse, hay que ponerlas a trabajar en carne viva.

Cuando no recuerdas, tienes el privilegio de reconstruir lo que te venga en gana y recrear historias a tu conveniencia. Ese es el oficio de un escritor. No podía morir. Tengo la obligación y la responsabilidad de rehacer identidades NN no identificadas en espacios funerarios con Reaparecidos, mi próximo documental, escribir muchos cuentos y hacer más películas.

Agradezco a todos aquellos que estuvieron pendientes de mi salud, a mi madre, padre, hermanos, familia, amigos y tuiteros -que en diferentes formas- me apoyaron a salir de esta, ustedes saben quiénes son.

Dicen que de 10, sobreviven 2 y 8 mueren. Muchos de ese pequeño número logran sobrevivir con secuelas terribles. Yo soy la excepción. Yo tuve suerte. Las heridas que me dejó el aneurisma están, pero son invisibles.

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Entrevista sobre Los colgados en www.gkillcity.com

Por José María León Cabrera

@josemarialeonc

El día en que conocí a Diana Varas Rodríguez vi que era cierto aquello que Andrés Crespo me había anticipado: “esa chica tiene el pelo más hermoso del mundo”. Lo que Andrés no me advirtió, y que he tenido el placer de comprobar durante estos años, es que la melena era apenas el extremo visible de la maravillosa cabeza de la documentalista guayaquileña, nacida en 1984.

El año pasado, ganó una residencia en México, desde el 17 de agosto al 10 de noviembre del 2011 para hacer Los colgados. Fue parte del Programa de residencias artísticas para creadores de Iberoamérica y Haití en México, auspiciado por FONCA, CONACULTA, AECID, SER, SEP y el Centro Cultural de España. De 300 concursantes, fueron seleccionados 22. La consigna era que, en menos de 3 meses, los artistas seleccionados lleven a cabo un proyecto para exponerlo en la Muestra de Arte Iberoamericano en el Centro Nacional de las Artes, Nov 2011. Diana, representó a Ecuador en la categoría Medios Audiovisuales con la propuesta ganadora: Los colgados.

El 27 de febrero de este año, hace dos meses y medio aproximadamente, Diana, sufrió un aneurisma cerebral. Estuvo 16 días en el hospital, 8 días en terapia intensiva y 8 más en habitación. Actualmente, se encuentra en proceso de recuperación.

En los Encuentros del Otro Cine (EDOC) que arrancan el 17 de mayo en Quito, se proyectará Los Colgados. Sobre el documental, sus nuevos proyectos y su recuepración conversamos brevemente.

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¿De qué se trata Los Colgados?

Es un filme documental que colecciona y categoriza obsesivamente los tendederos y la ropa colgada al sol. Una excusa poética para metaforizarlos como fotografía familiar; pero también, para profundizar, reflexionar sobre las costumbres humanas e indagar en lo siguiente: ¿qué se cuelga y qué se tiende en México? El filme recoge una infinidad de objetos colgados, desde muñecos, zapatos, peluches y más, hasta llegar a una bicicleta, que lo transformó todo. Hablar sobre la muerte y la violencia fue inevitable.

Cuéntame un poco del significado que tiene para ti la ropa colgada en los cordeles

Solo con ver un tendedero, puedes descubrir quiénes viven dentro de la casa, cuántos son y qué tamaño tienen. Todo se expone, se manifiesta. La ropa colgada al sol es un espacio de revelaciones.

Dices que los primeros retratistas que existieron en el mundo son los lavanderos ¿El documental es un ejercicio de lavandería personal, también?

No es de lavandería personal, sino de recopilación de lavanderos extraños, ajenos a mí, que cuelgan la ropa como todos y hacen escenarios en sus cordeles.

Parece que hay una sutil, tierna y sensual violencia en Los Colgados, ¿hay una intencionalidad detrás de ello?

No creo que la violencia es sutil, ni tierna, ni sensual. Los colgados hace todo lo contrario, critica y expone nombres de desaparecidos y asesinados de manera violenta.

¿Cómo definirías entonces el tono de Los colgados? Porque me parece que no es de resignación, ¿me equivoco?

No hay resignación en Los Colgados. Es un retrato poético que parte de algo tan sencillo como un tendedero que supuestamente no dice nada y no inspira nada. Es una denuncia, un homenaje a todos aquellos que se dirigían hacia sus casas o trabajos y que nunca llegaron. Los colgados no se compadece por la violencia, la hace visible, la expone, la critica

Cuéntame cómo ese viaje, ese lavado, fue cambiando de rumbo mientras estabas en México.

En México tienen la costumbre de colgar bicicletas en los postes, como denuncia por los ciclistas arrollados. Al ver que habían muchas de ellas, averigüé quiénes eran los encargados de hacer esa campaña de denuncia. Me contacté con Bicitecas, un grupo de ciclistas que manejan el concepto de bicis fantasmas. Ellos, a su vez, me contactaron con Óscar, novio de Liliana, una de las jóvenes arrolladas que falleció en el acto. Sin manipular nada, fui dando lugar a los guiños que me salieron al paso y así conocí a Lili, mi niña bicicleta.

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¿Cómo se vuelve la historia de las prendas la historia de Liliana, tu niña bicicleta?

Óscar me invitó a su casa, él vivía con Lili. Ella era artista, ilustradora y hacía cuentos infantiles. Sentí que conocía a Liliana y no pude controlar la necesidad de investigar sobre ella y encontré que teníamos muchas cosas en común.

Tuve la oportunidad de conocer dibujos esperpénticos sobre la muerte, hechos por ella. Óscar me enseñó las ilustraciones que había realizado en las paredes, debajo de las mesas, dentro de un botiquín del baño y unos textos sobre su madre lavando en la azotea. También, una grabación con su voz para un ensayo de teatro: hablaba sobre el suicidio, sobre el amor y sobre un triciclo. ¿Por qué tuve que retratar a ese objeto colgado que se convirtió en un ser humano símil, que me abarcó tanto, hasta el punto de convertirse en un giro exquisito y necesario para el filme?

Dices que te enamoraste de Liliana, muerta ¿te habrías enamorado de ella igual si estuviese viva?

No, porque jamás la habría conocido, ni me habría topado con su bicicleta.

Tengo la impresión de que te encanta asomarte a ese abismo entre la vida y la muerte y transgredirlo ¿Hasta donde piensas llevarlo?

Sí, pero es solo dentro de la ficción. Y en ese lugar, cuando se crea, es preferible no medir.

Cuando publicaste en GkillCity Mi lienzo es el agua, me dijiste que lo hacías por la necesidad de descabezar ese niño, de ofrecerlo en sacrificio. ¿Los Colgados están ya descabezados?

Si descabezados es dejarlo intacto, tal cuál como salió en el primer corte en México, sí, ya cambié de página. Allá tuve la oportunidad de conocer a José Olvera, un señor mayor de edad que hace casas con piedras diminutas. Aproveché, me metí en su casa y en su vida y lo grabé por una semana, estoy loca por editar este nuevo proyecto.

¿Y Reaparecidos?

El año pasado, participé en la convocatoria del CnCine con Reaparecidos, en la categoría Desarrollo y fui ganadora. Reaparecidos es un documental experimental recolector e inventor de simbologías dentro del espacio funerario. Reconstruirá las personalidades NN violentadas y no identificadas del Ecuador. El recuerdo de dos matanzas históricas y la invención a profundidad de personajes individuales, los rescatará del anonimato. Esta acción sensibilizadora, empática y solidaria, les dará un nuevo nacimiento simbólico. Los escenarios serán las tumbas NN y los sepulcros abandonados dentro de la cotidianidad aparente de los cementerios.

Este año, quise participar en la categoría Producción, pero no me dejaron, porque “ya había ganado el año pasado”, como me dijeron. ¿Qué sentido tiene financiar un Desarrollo de un filme si no permitirán continuar con el orden normal de desarrollo de un proyecto para su producción? Reaparecidos es mi gran pendiente.

Siempre hemos hablado de esa voracidad creativa tuya, esas ganas de llevarte el mundo por delante ¿qué tienes en mente para el futuro mediano?

Lo que quiero se me va de las manos. Dicen los doctores, que el aneurisma siempre se te roba algo. En mi caso, fueron las dos mitades derechas de mi visión. Sin embargo, no lo tomo como limitante. Continuaré con mi proyecto de cuentos de bolsillo, con la búsqueda de auspiciantes para grabar Reaparecidos y Pepe Pan, el documental sobre José, el señor de las casitas diminutas.

¿Has pensado en reeditar Los colgados, crees que hay algo pendiente?

Todo producto final es frívolo si se compara con un involucramiento sincero dentro del proceso creativo. La decisión del punto final es necesaria, casi obligatoria para un sujeto que crea y decide cambiar de página, porque los demás temas emergentes crecen, como tumores. El filme, pasa a ser un cassette o un DVD. Necesita de otro ser humano externo, que ponga play y reanime las imágenes en su imaginario.

Todo filme con corte final es incompleto. Toda ficción con punto final es incompleta. Desde la escritura, es necesario ser brutal, como el Dr. Frankestein… y rebelde y curioso como su monstruo.

La última: Los Colgados van a estar en el EDOC, ¿tienes fecha de estreno ya?

El EDOC se inaugura el 17 de mayo en Quito y Guayaquil, pero aún no tengo fecha exacta de estreno. Aquí, el link de los filmes http://bit.ly/K9XYDA

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El misterio del Mortecina

Cuento publicado en Revista Replicante, México. Léelo aquí

A Freddy Avilés

En el barrio vive un hombre que huele a muerto. Jamás se lo ha visto conversando con alguien, y aún así, es el más conocido a cuatro cuadras a la redonda. Su olor se nos impregna en la ropa, en las sábanas, en las uñas. Todos lo llamamos Mortecina.  Según dicen, nunca ha trabajado de enterrador o pintor de lápidas; no es constructor de ataúdes, ni labora en algo que tenga que ver con cadáveres. Su hedor siempre ha sido nuestra incógnita.

Al llegar la tarde, cuando todos suelen llegar a casa y las familias disparejas están completas; cuando nuestros umbrales se convierten en ventanas y las piscinas inflables que los niños han sacado a la calle tienen el agua turbia; a esa hora, podemos verlo, caminando a paso lento, con su mirada ida que le permite observarlo todo. No detenerse en un objeto específico le daba una capacidad increíble para analizar la totalidad del espacio. Sin ver a ningún lado esquivaba ciclistas, alcantarillas, vendedores de legumbres, cruzaba veredas y respetaba el pare.

Los perros callan cuando el Mortecina está cerca y nosotros nos convertimos en insectos ansiosos; sacamos la lengua y hacemos sonidos extraños. Nos volvemos idiotas.

Tenemos la costumbre de cargar pañuelos humedecidos con Menticol en los bolsillos para evitar las reacciones involuntarias. Muchos lo hacen cuando él no está. Hasta el boticario del barrio ha sacado promociones muy buenas: mascarillas mentoladas más baratas por docena, 5 pañuelos a 3 dólares, cucharas de acero especiales para calentar mentol, de todos los tamaños; hasta vende cartillas promocionales con bono. Por cada tres ponchadas, regala 2 pañuelos mentolados. Nos hemos acostumbrado a ese olor terrible y el boticario se lucra con ello. Sabemos que es culpa del Mortecina, pero a nadie le incomoda.

Cuando lo vemos pasar, aspiramos lo que tenemos y unos cuantos se salvan. Babeamos como idiotas, reímos como idiotas, aplaudimos como idiotas.  El efecto dura poco y muchos perdemos la conciencia por segundos.

Dicen que si lo ves a los ojos, mueres después de 12 horas. Así ya se han ido cinco.  Un día velaron a Marlon, el pelotero. Los del equipo se percataron de que el Mortecina lo había mirado a los ojos y decidieron preparar el entierro rápidamente antes de que él muriera. Marlon optó por acompañarlos. Tuvo oportunidad de escoger el color de la caja, cocinar el seco de gallina, comprar licor y arreglar un poco la sala.  En pocas horas el barrio entero estaba en su casa y en la acera. Todo estaba listo, menos su cuerpo. Antes del medio día ya había desaparecido.

Al Mortecina nunca se lo vio llegar con canastas del mercado y jamás iba a la tienda a comprar comida. Algunos decían que se alimentaba de cuerpos en descomposición y que seguramente el pelotero era su cena de esa semana.

En la tarde, Marlon apareció borracho. Estuvo en su propio velorio. Comió, bebió y se fue. Nunca más lo volvimos a ver. Dijo que se iba a encontrar en una cantina con la muerte. En este barrio no se sabe quién está vivo y quién muerto, así que morirse da lo mismo.

Al Mortecina yo le había cogido cariño. Él era el responsable de sacar a flote los deseos más fervientes de cada uno de nosotros antes de la muerte. Yo había hecho mi primer año viejo de 7 metros; Fátima estaba recién llegada de Europa, cumplió su sueño de hacer el baile del tubo en un cabaret; y mi abuela ya se había bañado en chocolate junto al instructor del gimnasio. Nos conformábamos con poco y estábamos contentos.

No vimos al Mortecina durante una semana después de ese entierro. Yo lo extrañaba. Muchos habían dejado a un lado la costumbre de aspirar mentol en las esquinas y yo había optado por tener una nueva: sentarme al pie de su puerta y esperar, percibir algún sonido o movimiento.

Me decidí por dormir y comer afuera de su casa. Llevé sábanas, comida enlatada y varias mudas de ropa. Pero no hubo nada. Respeté su espacio. Quizás los muertos también tienen derecho a tomarse una siesta. Su puerta de madera tenía una aldaba de acero en forma de león tuerto y con la lengua afuera. La vida sería más divertida si se la ve con un ojo, los objetos y las personas parecerían estar ubicadas en una posición que no es del todo real. Me imaginé ahí, instalado al igual que una cabeza de un animal cazado, cortada y disecada como recuerdo de haber estado vivo.

El león me veía con la mirada gacha, insistente, desesperada. Me sacaba la lengua, me guiñaba el ojo, me sacaba pica. Yo era el cómplice idiota. Sabía que guardaba el secreto del Mortecina y solo tenía que acercarme a la puerta para que me lo dijera. Ladeé mi cabeza. Mi oreja tocó su lengua helada y metí mi mano al bolsillo para coger mi pañuelo.

Esto es lo último que recuerdo de ese episodio. Sin darme cuenta, me encontraba adentro. No sé después de cuánto tiempo. Pero estaba ahí, de pie, dentro de la casa del Mortecina. Parece que me dio uno de esos ataques. Babeaba. Sentí que mi cabeza se movía como una abeja polinizadora que vuela en círculos, embriagada por el aroma de las flores.

Los movimientos involuntarios se fueron yendo de a poco. Seguí caminando y percibí un ligero olor a jazmines. Di pasos rápidos y el olor se fue acrecentando. Sentía que me elevaba del piso, perseguía ese aroma que era cada vez mayor. Me detuve. Del techo colgaban más de 100 fundas llenas de agua. Aquí se tiene la costumbre de guindar en el tumbado dos o tres para espantar moscas. El Mortecina había multiplicado las lupas caseras para que los insectos se vean como monstruos y sus ojos se multipliquen como la peste. Ninguna zumbaba.

En una pared blanca estaba dibujado todo el barrio. Era un mapa hecho a mano con carboncillo. Las calles estaban pintadas de diferentes colores. Supongo que cada color marcaba recorridos diferentes. Ninguno se dirigía a un lugar en específico y todas las rutas eran zigzagueantes. El barrio era una encrucijada.

La casa parecía la de una abuelita estancada a finales de los años 50, metódica y fanática del Pop Art. Los objetos brillaban, habría jurado que alguien recién había terminado de limpiar la sala. Continué mi búsqueda. Tenía que encontrarlo. De lejos, vi una mecedora. Me dio la impresión de que se movía. Me acerqué más para cerciorarme, pero siempre se mantuvo estática. La imaginación puede darnos pistas de fragmentos del otro mundo paralelo que nos espía.

Frente a la mecedora, sentado en un sofá kitsch estaba el Mortecina. Su aspecto era un ejemplo del verdadero retrato post-mortem que se hacía en el siglo XIX. Estaba más muerto que nunca.  Me acerqué para comprobarlo. Primer indicio: no respiraba. Segundo: no tenía pulso. Tercero: estaba caliente. ¿Cómo un cuerpo muerto puede estar caliente? Su aspecto era cadavérico, descompuesto. Creo que estuvo así por toda esa semana de ausencia. ¿Y seguía caliente? ¿Por qué seguía caliente? Tenía todos los indicios de un cuerpo muerto, menos la fetidez y temperatura. Olía a jazmines.

De reojo pude ver cómo la mecedora se movía. La miré detenidamente y nada.  Estaba inmóvil, al igual que el Mortecina. Me acerqué. No pude aguantarme las ganas, mi nariz era una mosca que curioseaba su cuerpo exquisito, balsámico. Olfateaba como un canino desquiciado, recién salido de una jaula. Llegué a su mano y me percaté de que le faltaba el dedo índice, parecía recién cortado.

Percibí otro olor inconfundible e inmediatamente toqué mi pañuelo. Vino como un mal aire, sentía que alguien estaba detrás de mí, tocándome la espalda insistentemente, requiriendo mi atención inmediata. Giré. Era el olor a muerto al que estaba acostumbrado.  Al mezclarse con jazmines se convertía en una combinación que zarandeaba a cualquiera. Ese día supe a qué huele el portal utópico donde se encuentran las antípodas.

Mis ojos se quedaron instalados en la mecedora, abiertos como dos bocas asustadas. El índice descompuesto y putrefacto se mecía apaciblemente en la mecedora.

Salí de la casa corriendo. Miré para atrás y vi al león. Su cara estaba más deteriorada y el párpado gacho le llegaba a la mejilla. Aceleré mis pasos por la calle.  Los vecinos me miraron con sus pañuelos en la nariz, temblando, babeando… Solo unos cuantos se salvaron. En 12 horas iban a estar de luto.

Mientras me alejaba, el pantalón empezó a hacerme cosquillas. Toqué por fuera.

–       Ya no corras -me dijo el dedo desde mi bolsillo- soy yo el que buscas.

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Soy una rechazada de la EICTV

En el 2010 apliqué a la EICTV, Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, para la especialización Documental. Esta es la ficha de inscripción que envié, decía que teníamos que llenarla a mano o en computadora. Yo cumplí con el objetivo, pero le puse de yapa unos cuantos muñequitos.

Resultado: no me aceptaron.

Aquí queda para el recuerdo.

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Sí, lo acepto soy una dibujante frustrada

Desempolvar chucherías también es sexy.

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Los colgados

Publicado en www.gkillcity.com síguelos en Twitter: @GKillCitycom

Texto y fotos: Diana Varas Rodríguez

Las palabras colgar o tender se multiplican y bifurcan en diversos significados. Los sinónimos son excusas de tergiversación cuando son utilizados en contextos desatinados. En vez de colgar, se puede utilizar suspender, enganchar, ahorcar, inculpar, matar, drogarse, emborracharse y estrangular. Tender, también es desplegar, estirar, extender, desdoblar, inclinarse, interesarse, yacer, acostarse, procurar y tumbar.

Estos verbos se despliegan en desiguales acciones humanas. Me permiten girar el carrusel y enfrentar a los figurados del diccionario. Los que cuelgan objetos en su cuarto, son ordenados. Los que cuelgan trofeos, exponen sus victorias. Los que se cuelgan a sí mismos, son suicidas.

Algunos grupos fanáticos, cuelgan cabezas decapitadas o cadáveres como victoria amenazante y violenta. Otros, lo hacen casi todos los días y de la manera más común: colgando ropa al sol. ¿Qué se cuelga y qué se tiende en Ecuador?

Es mentira que la cámara oscura fue la primera en hacer fotografías. Los primeros retratistas que existieron en el mundo, fueron y son los lavanderos. Arman la puesta en escena, son los productores del refriegue y los cómplices de los mal comportados; borran lápices de labios de mujeres ajenas y el mapa de ubicación de los trotamundos.

La ropa tendida al sol es una fotografía familiar que no necesita de cuerpos. Es el retrato bordado de las costumbres humanas, de sus triunfos y miserias. Las prendas son los personajes principales, representan cada integrante. Nos chismean lo que hicieron en días pasados, quiénes viven dentro, cuántos son y de qué tamaño.

Nacemos, restregamos, tendemos, destendemos y morimos. De lejos, las prendas parecen fantasmas, espantapájaros. Son teclas de piano, notas de un instrumento de percusión invisible que las upa como medusas serpentinas, cual falda de Marilyn Monroe. El tendal saca sus múltiples lenguas a los pájaros que beben de las mangas-goteras. La esencia que encuentro: sensualidad y ternura. Se alzan con el viento y vuelven a su estado original, humedecidas o calientes.

Los fregaderos son chupacabras. Se devoran la cotidianidad de las familias, tragan la sangre de los cortes, menstruación, pista de virginidad anulada, manchas de las aventuras más increíbles y pistas de la producción de fluidos. También, se zampan las desdichas y los pedazos de piel rascada con furia. La rejilla mastica la historia de las familias ecuatorianas. ¿Hacia dónde va digerida cuando se va por la tubería?

La línea recta del tendedero degüella. Es el hilo del que pende la fragilidad humana. Todos cruzamos la estría en agache, evitando el estrangulamiento. Es la línea divisoria de los estratos sociales. Los de clase baja, lavan su propia ropa; los de clase media, suelen contratar a alguien para que lo haga; los de clase alta, se lo dejan a las máquinas. La vestimenta de la mayoría se aglutina con el paisaje, otros, la esconden.

Si fuera de otro planeta y analizara la forma de colgar las prendas de muchas familias, pensaría que he llegado al mundo de los gigantes o de los enanos elásticos. Siempre me pregunto cómo logran trepar la cuerda hasta la rama más alta y rodar la ropa hasta el tope. En la mayoría de casos, no hay indicios de escalera, ni un soporte sólido que pudo haberla sostenido. La ropa tendida, vista desde arriba o abajo, es un mosaico de colores, una sonrisa de dientes amontonados.

Las prendas tendidas y su metáfora de fotografía familiar son una excusa para hurgar en las costumbres, construcciones y deconstrucciones de las familias. Mi colección de tendederos es un censo poético que cuenta múltiples historias del imaginario de aquel visitante que observa. El pretexto, es la apropiación del tema convencional para complejizarlo. De eso se trata, de restregar el pasado, priorizar el color del paisaje cultural y expiar los recuerdos.

Los tendales también se ponen de luto y de carnaval, como lo políticos. Abrimos la mano y caminamos lento, entre la ropa. Sentimos el arrumaco que producen las telas al sol. El aire se viste de nosotros y juega a la lambada. Y así, reutilizamos los paños. Escondemos nuestro sexo con mudas, álbumes de fotos autobiográficos que tienen nuestra talla. Dime qué cuelgas y te diré quién eres. Descolgar y destender, simbologías necesarias para la transformación.

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